miércoles, abril 06, 2011

Misterios de la noche

(Fotografía de Verónica Alvarado)

Es el cuarto año de oscuridad. La luz del sol es apenas un rastro de lo que fue en sus épocas de esplendor. En el último piso de la torre, el consejo de hombres lobo sesiona. Han decidido salir a las calles y hacer pública su existencia. El contexto no ha sido nunca más favorable. La discusión se alarga. Algunos insisten en que el anonimato es lo más recomendable. En que la humanidad no está lista para una revelación de esta naturaleza. Pero la mayoría tiene otra opinión. Los más convencidos se han arrancado las camisas y lucen los pechos peludos, las uñas ennegrecidas. Los otros insisten en seguir camuflados en medio de la sociedad. En seguir usando ropa, en hablar civilizadamente, en cortejar a las mujeres antes de devorarlas, en fin, en que las cosas sigan como hasta ahora. El hombre lobo más viejo, calla. Mira la disputa mientras sus ojos enrojecidos van de un lado a otro de la sala. Es el único que puede tomar una determinación. El único al que nadie reclamará lo que decida. Han sido siglos de huídas, de ocultamientos, de vergüenza. Siglos de soportar la mofa de los otros, los humanos. Siglos de ser presentados como villanos, como adolescentes apestosos, como disfraces de noche de brujas. Y ahora que la luz no puede afectarlos, ahora que el sol se ha convertido en una luna engañando a su organismo, ahora puede ser el día. Los hombres lobo, niños lobo, disputan.
          Entonces levanta la mano. El viejo lobo hablará. He tomado una decisión, dice. Y nada más. En seguida las ventanas del último piso del búnker se cierran. Un olor nauseabundo comienza a expandirse a lo largo del salón. Gas venenoso. Los hombres lobo se dan cuenta. Serán sacrificados. Se revuelven en tropel desesperado hacia las puertas, algunos dan saltos sorprendentes sólo para chocar con los vidrios de las ventanas y caer al piso. En el último aullido desesperado alguno intentan alcanzar la garganta del gran lobo, pero es demasiado tarde. El gas actúa con velocidad inusitada. Uno a uno van pereciendo. El lobo viejo es el último en morir. Confirma el exterminio. Y entonces se entrega a la muerte en paz. Durante mucho tiempo añoró el tiempo en que los hombres lobo vivían en armonía. Eran solidarios. Se protegían unos a otros. Se otorgaban paz, consuelo, amistad. Cuando el sol murió y comenzaron las disputas, toda la armonía terminó. Las reuniones que antes eran para celebrar la existencia y el reconocimiento de sí mismos como algo único y sorprendente, se habían convertido en peleas desaforadas sobre la revelación de su naturaleza a los demás. El lobo viejo veía cómo esas disputas crecían en intensidad y sinsentido. Las reuniones terminaban en amistades rotas que habían durado siglos, en lobos resentidos que gruñían por lo bajo y salían enseñando los colmillos. Nos estábamos convirtiendo en humanos, se dice en su último suspiro, y así no vale la pena vivir.