domingo, abril 10, 2011

Lluvias

(Fotografía del escribidor)

En Cuetzalan los voladores preparan el ritual. En el atrio de la iglesia que los franciscanos construyeron hace más de cuatro siglos está plantado el poste de madera que simboliza la unión del cielo y de la tierra. Los voladores lucen capas de terciopelo rojo rematadas con olanes de peluche. Sobre sus cabezas, los conos de cartón grueso están forrados de papel dorado o de satín amarillo. De las puntas de los gorros, tiras de listón multicolores saltan como si de caja de sorpresas se tratara. Cuando cuelgan boca abajo, mientras dan vueltas alrededor del eje que une lo celestial con lo terreno, los listones semejan arcoíris en persecución perpetua unos de otros. Dentro de la iglesia, el sacerdote ha terminado de oficiar la misa. La gente sale respetuosa y después de persignarse.
          Miran cómo los voladores caminan en círculos alrededor del palo enterrado en el suelo. Los turistas alistan las cámaras, las gradas de los escalones que descienden del parque comienzan a llenarse de curiosos. Los vendedores ofrecen bordados, macetas, joyas efímeras. Las campanas de la iglesia comienzan a repicar. Las palomas huyen en desbandada hasta los árboles del parque, a las lonas de los puestos del tianguis de domingo, al piso del quiosco municipal.
          Un volador comienza a ascender por los escalones del palo. Éste se balancea peligrosamente. Alguno de los voladores, en un repentino y momentáneo ataque de pánico, se abraza de la corteza rústica del tronco de ocote. Los que le siguen se detienen respetuosamente. Nadie se burla, nadie dice nada. El miedo es lo único que los une. Todos se han sentido temerosos alguna vez. Nadie ha escapado del escalofrío, del aire ausente, del encogimiento del mundo. Los cinco hombres llegan al fin al extremo del palo. Uno de ellos se pone de pie en el justo medio. Toma una flauta de carrizos de bambú y un pequeño tamborcito. Al tiempo que sopla y mueve los dedos de una mano para generar la melodía, con la otra golpea rítmicamente el tamborcito. La cruceta comienza a girar.
          Pero he aquí la maravilla. Los voladores, en lugar de ser atraídos hacia la tierra por la inclemente gravedad, comienzan a elevarse por los aires. Más allá del extremo del palo y más allá del campanario de la iglesia. Conforme se desenrollan las cuerdas que impiden la caída libre de los bailarines aéreos, se elevan como globos retacados de helio hacia las alturas. Todos miran pero nadie atina a decir algo. Algunos, tímidamente, comienzan a disparar sus cámaras fotográficas. Lo hacen con cierto temor, con la convicción de que están rompiendo la sacralidad de algo que no entienden.
          En determinado momento, las sogas dejan de desenredarse y se tensan con firmeza. Los voladores se doblan sobre sus propios cuerpos y desatan sus pies. Comienzan a elevarse hacia un mismo punto en el cielo. Sus listones revolotean con las corrientes de las alturas. Los espectadores siguen viendo hacia arriba en espera de que el truco se desvele. De que la broma termine. Nada ocurre. El músico de la cruceta comienza a descender por la escalera del palo. Por primera vez, todos los ojos se encuentran posados en él. Toca el suelo. Pone sus instrumentos al pie del tronco-puente. Se quita el gorro ritual y pone el extremo agudo hacia abajo. Se dirige al estupefacto público. Llueven las monedas y los aplausos. 

[Si no conoces el ritual de los Voladores, puedes verlo aquí].

No hay comentarios.: