jueves, abril 07, 2011

El árbol

(Fotografía de Mayarí Pascual)
Sus pueblos habían estado en guerra desde tiempos antiguos. La sangre de las tribus alimentó los pastizales y enrojeció la tierra. Pero a ellos no les importó. Se veían a escondidas de todos, en las riberas del río que quedaba justo en el medio de los dos pueblos. Al arrullo del agua construyeron el futuro. Aunque los dos sabían que éste nunca llegaría. Pensaron en huir lejos del mundo. Donde no los alcanzara ni los tambores de guerra, ni las lanzas afiladas. En esos días plantaron, en medio de la llanura, una semilla. Sus manos horadaron la tierra amorosamente. Cubrieron más con risas que con tierra el pequeño grano. Surgió un brote, una plantita que se estiraba cada mañana hacia el sol.
          Un día alguien los vio. Palpó la desnudez confundida de ambos. Y corrió a avisar a la tribu. Él fue condenado a ser azotado frente a todos y a proferir juramentos feroces contra sus enemigos. Le cortaron las orejas y la lengua; se las dieron de comer a los perros. Los viejos lo obligaron a vestir y a realizar tareas de mujer. Los demás guerreros hacían mofa de él. Le tocaban por detrás y reían estrepitosamente. Él cerraba los ojos y escuchaba más allá de las risas. Escuchaba el agua del río, el vuelo de las mariposas, el retumbar de las manadas de caza al huir de los leones.
          Ella fue castigada con el silencio. Nadie podría jamás volver a hablarle. Despojada de la palabra, comenzó a hablar sola. A imitar los sonidos de los animales y del viento entre los árboles. Los demás le llamaron La Loca. Le escupían el rostro y le tiraban del pelo. Pero ella seguía cantando en el idioma de los pájaros y de los rinocerontes.
          Envejecieron ambos en el oprobio. Pero nunca olvidaron lo que los había reunido en la orilla del río. Murieron el mismo día. Parece imposible, pero no lo fue. Él murió por la mañana, mientras cargaba un recipiente de agua del río, se desplomó sobre la tierra seca y no volvió a levantarse. Ella por la tarde, mientras intentaba imitar el sonido de las alas de un escarabajo obsesionado con el pulgar de su pie. Su última canción terminó con un largo suspiro.
          Esta historia se cuenta hoy entre los viejos. Las tribus ya no son las mismas. Incluso mantienen relaciones cordiales. En ambos pueblos se recuerda la historia de los amantes imposibles. Los más jóvenes se ríen por lo bajo o entre dientes. Les parece que los viejos exageran. Pero algunos, sólo algunos, han repetido la historia a sus hijos cuando, en los días más calurosos del verano, han tenido que reposar a la sombra de un árbol en medio de los dos pueblos. Dicen que ahí se escucha la canción más hermosa que los espíritus buenos pudieran concebir. Y que cuando la canción termina, una ráfaga de viento cruza con fuerza entre las hojas de la copa del árbol. El que lo ha vivido siente la paz anidada en su alma. Y cree en lo que los viejos siguen contando.

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