domingo, abril 03, 2011

Azul


 (Imagen de César Osorio)
El día que tomó la trompeta, el cielo se volvió azul. Porque el cielo, antes, era gris, casi negro. O amarillo en el verano. Pero él, un día, tomó la trompeta y tocó un solo prodigioso. Una serie de sonidos hicieron vibrar los mares, pusieron a girar al viento sobre sí mismo. Dicen que así nació la danza: con la imitación de las hojas arrastradas por los torbellinos. Los hombres tocaron sus pechos, sintieron que sus corazones buscaban salírseles del cuerpo. Y se golpearon a sí mismos. Todos al mismo tiempo. Y nació el ritmo. Todos al mismo tiempo golpeando sus pechos y los corazones de todos esquivando las manos torpes de los hombres. Y encima de todo eso, el sonido de su trompeta. Las mujeres alzaron sus voces, voces sin palabras, aullidos primigenios que se contraponían al golpeteo de los pechos masculinos. Y los viejos castañeaban los dientes y los huesos. Al caminar sus pies daban vida al suelo. Le otorgaron existencia. Los animales veían con extrañeza lo que estaba ocurriendo. Algún pájaro aventuró un graznido. Más allá se escuchó el croar de una rana. Pero se aburrieron pronto. En cambio los hombres seguían en medio del viento, a la orilla de los mares agitados, batiendo pechos y lanzando gritos. Y él seguía con su solo prodigioso. Y los niños comenzaron a girar persiguiendo las hojas que el viento hacía girar, y gritaban de regocijo. Entonces él dejó de tocar. Metió la trompeta en un estuche cuadrado, negro, sonaron los seguros al cerrarse; él se acomodó la chaqueta del inmaculado traje y bajó de la roca que le había servido de escenario. El silencio se enseñoreó del valle. No se oía nada, más que los pasos del hombre que tomaba hacia una barca amarrada en la orilla del río. El cielo volvió a ser gris. Comenzó a llover. Él se puso el estuche de la trompeta sobre su cabeza, para evitar mojarse. El aguacero arreció. Y entonces nació la palabra. Los hombres encontraron la manera de reclamar el retorno del cielo azul y la felicidad perdida de repente. ¡Otra! ¡Otra! ¡Otra! La lluvia desapareció justo en el instante que los sonidos volvieron a surgir del instrumento prodigioso. Y el cielo volvió a ser azul.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Extraño músico colocado en las coordenadas perfectas coordinando a los elementos en una estampa melancólica en un asar disfrazado en eróticas coincidencias.

Anónimo dijo...

Extraño músico colocado en las coordenadas perfectas coordinando a los elementos en una estampa melancólica en un asar disfrazado en eróticas coincidencias.

plastyko dijo...

Gracias estimado un día de estos haremos el ejercicio al reves tu me mandas tu escrito y yo lo ilustro... saludos

plastyko dijo...

Gracias estimado un día de estos haremos el ejercicio al reves tu me mandas tu escrito y yo lo ilustro... saludos