lunes, abril 11, 2011

Apocalipsis

 (Fotografía de Pedro González Castillo)

La plaga había dejado unos cuantos sobrevivientes sobre la Tierra. Se refugiaron en lo que había sido un enorme centro comercial que había quedado intacto milagrosamente. Esperaban que, hasta que el sol volviera a asomarse en el cielo y la tierra pudiera ser cultivada otra vez, los enlatados de las tiendas les alcanzarían. Eran unas cuantas decenas los sobrevivientes, que no tenían más ocupación que vagar rutinariamente por los pasillos y cuartos de vidrio del centro comercial. No podían resistir mucho así, de tal manera que alguien encontró la forma de mantenerlos ocupados. Así nació la religión.
          Todos los días, tres veces, siempre antes de los alimentos, un ministro que sabía que nunca volvería a ver la luz del sol declaraba los principios a los que se sometería la singular sociedad. Después de pasear por las salas llenas de mercancía, el nuevo líder espiritual encontró el vestuario adecuado en la tienda de disfraces. Y fue así que se presentó ante su grey y comenzó a inventar la mitología que daría sentido a la espera y al miedo por el castigo. Durante horas contaba historias de dragones metálicos y de vírgenes de cabaret que otorgaban bienes o destrucción a los que creían en ellos. Historias de nubes moradas que descendían del cielo trayendo sobre su superficie a perros cubiertos de chocolate que movían sus colitas de placer al ver el buen comportamiento de sus fieles. Y el ministro anunciaba el día en que los cielos y el aire (ahora ensombrecidos por brumas oscuras) se abrirían e inundarían de luz la superficie de la tierra nuevamente. Y entonces todo era regocijo, alegría y batir de palmas.
          Pero esto duró poco tiempo. Un día el ministro supo que iba a morir. Así que se puso su traje oscuro, su peluca de enormes rizos negros, se maquilló la cara de color blanco y delineó una sonrisa gigantesca, se colocó su nariz roja de plástico como si fuera la cereza del pastel. Y salió al improvisado templo ubicado en lo que había sido la fuente del centro comercial. Inventó las historias más originales y dijo las cosas más inspiradoras que podían decirse momentos antes de la muerte. Miró a los fieles por última vez y después bajó del improvisado templete. Al bajar, su rebaño lo rodeó y comenzó a abrazarlo y a reír con él. Todos los fieles eran niños que lo miraban con arrobamiento y grandes sonrisas. Les había traído la esperanza y ésa era una cosa hermosa que podría hacerlos sobrevivir. Los más grandes ya adivinaban que, probablemente, todo se trataba de un truco, pero no decían nada por no arrebatarles la inocencia a los más pequeños.
          El ministro dijo entonces que tenía que irse. A un lugar muy lejano. Que no intentaran seguirlo porque no pensaba volver. Algunos se negaban a dejarlo partir. Otros se colgaban de su chaqueta con volados de cola de pingüino. Pero, al final, todos lo dejaron ir. Las puertas frontales del centro comercial se abrieron y el ministro se perdió en la bruma oscura que cubría al planeta. Dentro, en la fuente que sería por siempre templo, uno de los niños había garabateado sobre un pizarrón de la tienda de juguetes un dibujo del ministro con su peluca y su nariz roja de plástico. “Él volverá”, les dijo a los que lo veían con curiosidad. “Y el día que vuelva, las nubes se levantarán”. Todos los demás comenzaron a creer en lo que oían. Y se congregaron alrededor de la imagen. Y estaban convencidos del retorno del elegido y del fin de los malos días.

No hay comentarios.: