domingo, julio 13, 2008

Estudiar porque sí


B, una de las mujeres más valientes que he conocido en mi vida, llegó un día hasta las puertas de mi cubículo. Me dijo que abandonaría las clases porque al padre de su pequeña hija no le gustaba que siguiera estudiando y porque alguien tendría que atender al retoño de ambos. Me lo dijo como una confidencia vergonzosa. Como si en ese comunicado hubiera un llamado de auxilio que requería atención inmediata. Tenía sólo cuatro semanas en ese lugar, una preparatoria gubernamental que atendía a una población que había sido (que es) marginada no sólo social sino también culturalmente, y ya comenzaba a cuestionarme si había sentido en el hecho de haber tomado la encomienda de enseñar literatura a un grupo de jóvenes que en su vida habían tomado un libro entre sus manos. Eso ya era demasiado como para, aparte, tener que sentirme obligado a dar explicaciones o consejos. Miré por la ventana y vi pasar dragones verdes con enanos irreverentes que los cabalgaban. Microbuses que tenían por vocación el ruido. Talento y harta voluntad para cumplir su cometido. B seguía esperando una respuesta. Yo seguía viendo microbuses.
          Entonces ella lanzó un suspiro y emprendió el camino hacia la puerta, la miré avanzar con pasos lentos y que presagiaban que la derrota se había dejado caer en sus hombros con saña infinita. B era una estudiante inteligente, con una disposición que había truncado un embarazo no planeado cuando apenas entraba a la mayoría de edad, y un futuro trunco que ese día se le confirmaba. ¿Y tú qué quieres?, me atreví a preguntar. Sentí un hueco en el estómago. Un amago de agrura que se hizo realidad obligándome a tragar saliva con celeridad. Ella se detuvo y volvió la cabeza lentamente. Sus ojos habían enrojecido. Su voz se había ido al fondo de su estómago. Se mordió los labios (escondió los labios dentro de su boca) y estuvo así durante un buen rato. Yo la miraba y no sabía más qué decir. Ella levantó la cabeza y amenazó con hablar, pero no lo hizo. Después de un rato dijo que quería estudiar. ¿Y por qué quieres estudiar? Le dije siguiendo una inercia ancestral a la que no nos podemos resistir. Porque sí. Respondió. Después quedamos en silencio durante un largo rato. Nuevamente tomó el camino de la puerta, pero esta vez sabía con claridad qué era lo que quería. La seguridad se le afirmó en los dos años siguientes en que seguí viéndola casi a diario. Es uno de los consejos más eficaces que nunca he dado.

3 comentarios:

PVOT?... dijo...

shiale asi de mera intuición, creo que conozco a la tal B. jaja abrazos y besos descansados y relajados :)

El Iglú por Andrés García. dijo...

Respecto al Santos, "El Regreso de los zombies de Zahuayo" es de lo mejor... Tienes que ver al Macanudo de liniers.. checa la página: http://autoliniers.blogspot.com/

Jolie: Desde la Barandilla dijo...

a veces no hay mas explicacion... solo un "porque si"